lunes, 3 de junio de 2013

El color de la vida es rojo


   La habitación que ocupaba desde hace un lustro era oscura, alguna vez las paredes fueron blancas, pero ahora eran grises con manchas de las que no recordaba su origen y probablemente era mejor así. Un persistente olor a humedad, orines y heces impregnaba el ambiente, había mucha humedad y calor, la única pequeña ventana que poseía la habitación jamás era abierta.  La habitación era lo suficientemente grande para que cupiera su catre, una pequeña mesita y la silla donde diariamente se sentaba la odiosa enfermera que le alimentaba, porque él estaba muy débil para hacerlo por sí mismo, la humedad, falta de ventilación y el poco aseo que le prestaban habían reducido su salud al mínimo. Habían días que soñaba con una muerte silenciosa en la cama, y otros en los que se sentía un poco mas fuerte y soñaba con asesinar a la enfermera, sin embargo, hoy no era uno de esos, apenas un hilo de luz entraba por la ventana tan sucia que parecía cristal biselado, y el hedor de heces de su entre pierna era comparable con el de la comida en mal estado que le presentaba la malvada enfermera en la bandeja que disponía en frente a él.

    Con sus ochenta años cumplidos, Bryan suponía que solo había algo en la vida que le iba a sorprender y podía ocurrir en cualquier momento, sobre todo en ese patético asilo, donde la ausencia de salubridad, la alimentación deficiente a los internados y sobre todo la falta de cariño a los mismos, aceleraban el evento. Estaba sentado en una silla de ruedas en un estado tan deplorable que no podría hacerla rodar aunque tuviera fuerzas, sobre su regazo una bandeja con un plato lleno de algo que se suponía debía comer, y que comería porque la fuerza de la enfermera era mayor que la suya y no quería sufrir heridas en las encías cuando esta le forzara la cuchara en la boca, así que se dejaba someter. Bryan odiaba esa mujer, siempre se imaginó como sería si los papeles se invirtieran, la imaginó indefensa, desdentada, se imaginaba así mismo cerrando la puerta de la habitación y forzándola a chuparle el pene con esas encías que no podían lastimarle. Algunas veces sentía que era lo suficiente fuerte para imaginar que podía someterla y penetrarla a la vez que la mordía salvajemente, otras veces soñaba que lo cortaba los pezones y le lamía la sangre que brotaba de las heridas en los senos.


- Hummm - se quejó


- ¿que te pasa viejo? Te toca comer la misma mierda de siempre, ya deberías estar acostumbrado - le espetaba la enfermera a la vez que sonreía con frialdad.


    Extrañaba ser joven, ser aquel guapo hombre que deambulaba por las noches de cualquier ciudad del mundo, conquistando bellas mujeres, mujeres no tan bellas, o en realidad a cualquier mujer, para luego llevarlas a un hotel, una discoteca, un antro cualquiera, tener sexo con ellas, quisieran o no, y algunas veces llegar al orgasmo mientras le mutilaba un labio, una oreja o hasta el pezón con los dientes. Una vez mató a una de sus conquistas, aún recordaba la potencia de la erección, la fuerza de sus brazos, cuando sujetaban a la mujer, recordaba que la penetró y ella gritó; tomó el cenicero de la mesita de noche y le golpeó el rostro y se hundió más en ella y con un beso probó la sangre de la mujer, luego aflojó la cintura, aquello casi le hizo acabar, vio el rostro deformado y volvió a embestir, con el pene su vagina y con el cenicero la cara ya mutilada y acabó en un orgasmo que pocas veces había tenido en su vida, y ella murió asfixiada por su propia sangre; él se levantó y fue a lavarse al baño, al verse lleno de sangre frente al espejo tuvo otra erección y regresó a la cama y penetró el cadáver hasta que volvió a acabar; entonces descubrió que el cuerpo inanimado no le producía placer, se sentía fuerte, vigoroso, como nunca antes lo había sido, pero sabía que esa experiencia no debía ser repetida. Se duchó, vistió y observó el cuerpo en la cama de sábanas que antes eran blancas y ahora estaban teñidas de rojo, no sentía remordimiento, tampoco placer en lo que veía, simplemente lo consideraba el resultado inevitable, el precio del placer, y nunca más mató a otra mujer. Ël se conocía muy bien, sabía que si flaqueaba en eso, podría convertirse en un vicio. Pero de eso ya hace tanto tiempo, en una ciudad tan lejana, ahora estaba aquí en un geriátrico, decrépito, desdentado, débil, solo podía soñar, solo se permitía soñar con la vida que llevó cuando fue joven.

La enfermera cortaba con el cuchillo un poco de la carne, Bryan observaba, era un pedazo muy grande para poder masticarlo, podría ahogarse fácilmente.

"Me quiere matar"

- Vamos señor Bryan abra la boca, que necesita comer carne, usted sabe, por la proteínas.


   Él levantó la mano para sujetar el brazo de la enfermera, pero esta se deshizo del agarre con brutalidad y le obligó a colocar la mano sobre la bandeja, luego lanzó el tenedor hacia la boca del viejo, esta vez decidió poner resistencia, lo cual provocó una reacción de sorpresa, seguida de ira en la enfermera.

- Bueno viejo, ¿ahora te vas a poner rebelde? - susurró con un tono de disgusto no disimulado.

- No. - dijo apretando los labios.

- Abre tu boca hedionda que quiero salir de aquí temprano.

-No. - gimió y apretó mas lo labios

- Hoy voy a tirarme a mi novio hasta dejarlo seco y necesito ir a comprar un poco de afrodisíaco, pero de ese blanco que no venden en todos lados - y hundió con fuerza en tenedor en la boca del viejo - a lo mejor te traigo un poco para que estires la pata con una sonrisa en la cara, aunque pensándolo mejor, sería excelente que te murieras esta noche, así tendría el día libre mañana.

- ¿Lloras viejo? Qué blando eres, ¿como es que llegaste a viejo? eres patético, encerrado aquí, sin familia alguna que te cuide, supongo que eras impotente o algo así que nunca preñaste a una mujer, a lo mejor no te gustaban las mujeres, seguro que te gustaba un macho que te hiciera sentir como una dama.

- Maldita, me tiré a mil mujeres y ninguna fue tan puta como tu. -dijo débilmente

    La verdad, es que si había tenido una vida sexual anormalmente activa, era rara la noche en que no había llevado una mujer a la cama. Solo amó a una mujer en toda su vida, pero ella había entregado su cariño a aquel guapo político, de carrera prometedora, que era tan hábil en la forma de tratar a los otros que seguramente sería presidente o algo mejor. Bryan lo comprendía bien, aquel joven era lo que él nunca sería, sin embargo, el joven político también se ganó su corazón y le amó con sinceridad, un día no aguantaba más, decidió que debía confesar a ambos que los amaba, y al llegar a la casa de la pareja, consigue las puertas abiertas, al entrar, la escena en la sala principal le arruinó la vida, los seres que mas había amado en su vida yacían sentados en el sofá, abrazados, bañados por su propia sangre que aún emanaba de sus cuellos abiertos de lado a lado, desde entonces no hubo otro amor en su vida.

- jajaja viejo tu si que eres ocurrente, a lo mejor te cojo y te mueres en el proceso, te haría doble favor - el tono chillón le desesperaba y lo llenaba de ansiedad.

Al anciano le temblaba el pulso, le dolía la boca por culpa del tenedor que la enfermera forzó en ella, también sentía un creciente dolor en el pecho.

"Me voy a morir aquí y ahora, por culpa de esta perra."

La ira invadió todo su ser, y sin saber como sujetaba el cuchillo que estaba en la bandeja y como si toda su fuerza se estuviera concentrada en su escuálido brazo tensó todos los músculos.

"Mi primer y último acto de justicia en esta vida, no vas a joder a ningún otro viejo, puta."


   Y lanzó el cuchillo a la garganta de la enfermera, se clavó limpiamente y sin detener el movimiento cortó la tráquea y emergió libre junto a un chorro de sangre que le bañó el rostro. Débil, con la respiración entrecortada, la sangre corriendo por su cara caía en su boca, recordó la noche de la chica que asesinó, recordaba la fuerza que sentía, su virilidad activa, el sabor de aquella sangre, recordaba como había gozado mientras jugaba y bebía de la sangre de aquella mujer. No sabía cómo era posible pero ahí estaba de rodillas con el rostro hundido en el cuello de la degollada, él alzó la cara, chorreando sangre por la boca, se levantó y se lanzó por la ventana.

- Jajajaja - reía como un niño y como desquiciado a ratos, se sentía libre, feliz, fuerte.

No sabía cómo era posible pero estaba corriendo, corría por el monte, recordaba los ojos de la puta enfermera como suplicaban y como le produjo una erección y como se empujó él mismo a beber la sangre directamente de la herida en el cuello, pero de algo estaba seguro, quería más, necesitaba mucho más.